Importan dos maneras de concebir el mundo.
Una, salvarse solo,
arrojar ciegamente los demás de la balsa
y la otra,
un destino de salvarse con todos,
comprometer la vida hasta el último náufrago,
no dormir esta noche si hay un niño en la calle.
Hay
vivencias que no se pueden contar. Que se deben vivir para entenderlas.
Aventuras fantásticas de fin de semana que nuestros amigos nos cuentan con toda
la pasión del mundo, pero que solo logramos sentir superficialmente. Vidas
increíbles, anécdotas impresionantes. Hay realidades que solo pueden ser
comprendidas cuando se viven, cuando se sienten en carne propia, cuando se
sufren y gozan.
Me voy a permitir hablar de una
realidad imposible de entender. La pasaron por televisión, por América, y tuve
la suerte de enganchar una conversación valiosísima -un choque de realidades-
que merece ser plasmada en un texto e inmortalizada. Seguramente merezca la
apreciación de alguien mucho más dado a la escritura. No importa. Seré yo quien
trate de darle la importancia que, sin lugar a dudas, merece. Era uno de esos
programas en donde con tan solo una cámara y un entrevistador se meten en
barrios marginales y tratan de hablar con los pibes que ahí viven. Estos pibes andaban
en moto y se largaban por una bajada empinadísima y literalmente se acostaban
en las motos. El programa se ocupaba de enfatizar lo peligroso de la aventura,
y lo descuidados que eran los pibes. En medio de tanto show gorila, ocurrió un
hecho que me dejó boquiabierto, los invito a analizarlo conmigo:
El entrevistador, luego de mucho
insistir, logra hablar con un pibe, quien aseguro era mil veces más inteligente,
(con su pasamontañas para cubrirle el rostro, con su ropa vieja –seguramente
heredada- y harapienta y con su cerebro apaciguado por el alcohol), que el impecable
entrevistador (con su acento finito y su campera de cuero que costaba –no
menos de- mil mangos). La conversación empezó más o menos así:
Entrevistador:
-Che “maestro”, no te parece peligroso lo que están haciendo, digo, vos
¿tuviste algún accidente alguna vez?
Entrevistado:
-Si, mira, yo choque tres veces. Nunca me pasó nada grave. Tengo un par de
huesos rotos nada más.
Entrevistador:
-Y no te has puesto a pensar que hay que bajar un cambio. ¿No te parece peligroso lo que están haciendo?
Entrevistado:
-No entendés nada, flaco.
¡Sublime!
Claro que no entiende nada. ¿Cómo va a entender algo? Su intención es,
justamente, no entender nada. No lo pusieron ahí para pensar –ejercicio al que
dudo que le dedique algún tiempo-. Lo pusieron ahí con una tarea específica,
durísima, pero necesaria. Criminalizar. Mostrar a los pibes como criminales.
Como personajes violentos que no les importa nada. Que están jugados y para los
que tu vida vale nada. Porque son así, son cabecitas negras, son grasas. ¿Cómo
va a entender algo? Nunca nadie que no quiere entender va a entender. No le
interesa. Para entender hay que comunicarse, pero comunicarse en serio.
Escuchar, pensar, reflexionar. Hay que ponerse en el lugar del otro. ¿Cómo se
va a poner en el lugar del otro? Todo lo contrario, el “chetito” estaba ahí
para mostrar que es superior, que puede rebajar a esos cabecitas, que tendrían
que estar todos presos. Para mostrar la inseguridad. Para mostrar lo peligroso
que es estar cerca de esos marginados. Porque que quede claro, eh, a él no le
hacen nada porque tiene al camarógrafo atrás. Sino estuviese la cámara lo
matan, si son asesinos, “están jugados”. Todo esto buscaba mostrar de forma
implícita, pero continua y persistente, el programa. Pero la conversación
sigue, y se vuelve –aún más- impresionante:
Entrevistador:
-Me parece que ustedes no valoran la vida. Se pueden morir… ¿no les importa
morirse?
(No,
flaco… ¡qué pregunta boluda! Como se nota que en verdad no entendés nada. Y vos
estás ahí demonizando al pibe que sí entiende, y mucho más que vos. Y que si no
hubiera nacido en esa villa seguramente sería tu jefe. Ahora entiendo que
quieren decir cuando dicen “Argentina, país generoso”, lastima que sea generoso
con los idiotas clase media. Pero sigamos; se viene la épica respuesta).
Entrevistado:
-La muerte es la salida.
¿Qué se
puede agregar? ¿Qué más se puede decir? No recuerdo si la conversación continúa
o si el corte de escena es inmediato. No deberían haber pasado esta escena.
Capaz lo que se buscó fue mostrar lo jugados que están estos pibes: cómo no te
van a matar, cómo no se van a jugar la vida, si para ellos morirse –que los
maten- es la salida. Lograron el efecto contrario, por lo menos en mí, el pibe
no solo sacó a relucir la idiotez del entrevistador, sino que lo humilló, le
dio una lección de vida, le mostró lo cruda y terrible que puede ser la vida
marginal. Ojalá –el entrevistador- haya llegado a su casa y mientras se duchaba
para sacarse el olor a “ciruja” que le dejo ese “villerito” haya meditado lo
que le dijo el pibe, porque le vomitó una verdad espantosa.
Estos
programas logran de manera majestuosa lo que buscan. Exponer a la “gente de
bien” la peligrosa realidad de los otros. “Los otros” son aquellos que no son
como ellos. Ellos son los pudientes, los que estudian, los que tienen una vida,
un futuro, los educados. Buscan mostrar el abismo que existe –y que desean que
siempre exista- entre ellos y los otros: los marginados, los echados, los apartados
y odiados. Mas esta búsqueda no es sin sentido. La necesidad de crear un
ambiente de inseguridad y odio está basada en el desinterés de la derecha de cambiar
el paradigma económico actual. Así los medios de comunicación, fieles lacayos
de los intereses corporativos de la derecha muestran una realidad de
inseguridad, que cobra vida en los marginados que se vuelven delincuentes, los
cuales no tienen “cura” y deben “ser encerrados”. O peor….
La derecha no impone una falsa
necesidad de seguridad. Es una necesidad verdadera, un sentimiento real. Uno
necesita seguridad cuando siente que tiene algo que asegurar. Que posee algo
que le pertenece, que debe ser defendido. Para la derecha esta defensa la debe
encarnar el Estado, con todas las armas –a veces literalmente- necesarias. La derecha
lo único que entiende valioso de sus posesiones es el dinero, que se expresa en
sus bienes materiales, que se traduce en su poder. La derecha necesita
seguridad para defender su dinero y seguir facturando. Ellos son sus bienes, su
ganancia; su ser se encarna en el respeto por las instituciones, su herencia “católica
o religiosa”, y por sobre todo, su dinero, que los diferencia de “los otros”.
Ellos son mejores que los pobres por su dinero. Si les quitamos su dinero no son
nada, no tienen como diferenciarse, porque su entendimiento propio está unido a
sus ganancias. Pero cuando nombran a la seguridad como necesidad básica para
afrontar el mundo, no incluyen las medidas que se deben tomar para lograr esa
seguridad. Es decir, la derecha exige seguridad (y puede exigir porque tiene el
poder para hacerlo), mas no importa como se obtenga, no importa qué se tenga
que hacer para brindarle “su” seguridad.
Dentro
de este paradigma, la derecha no intenta erradicar la pobreza, solucionarla. No
busca cambios. Porque para solucionar se tiene que romper el statu quo; yo no puedo arreglar algo sin cambiar el
estado en el que se encuentra, no puedo pasar a un estado posterior sin
modificar el actual. La derecha no puede eliminar la marginación, ocuparse de
educar y satisfacer necesidades básicas, si para ello tiene que gastar su
dinero, renunciar al vicio del siempre más, del nunca es suficiente. Entonces
elige reprimir la pobreza, mantenerla alejada de sus ganancias, seguir
facturando a costa del hambre de “los otros”.
Lo interesante es que dentro de
la derecha no solo se encuentra la oligarquía y los sectores sociales
dominantes del mercado, sino también sectores que parecieran que en realidad no
tienen tanto poder como aparentan, pero
que son la cara visible de las exigencias de la derecha en general. Pasa que han
logrado inmortalizar sus intereses y crear un sistema de libre mercado -donde
sus ganancias son cada día mayores- con el apoyo constante de una clase media
que idiotizada por los medios de comunicación, al servicio de los poderosos,
forma su pensamiento y opinión acorde a lo que le dictan.
De esta manera se completa el
círculo vicioso donde la derecha poderosa, los monopolios y oligopolios le
dictan qué pensar y decir a la clase media, logrando así el apoyo de este
sector social en la búsqueda interminable de criminalizar, reprimir y aumentar
la pobreza, para aumentar sus ganancias y su poder. Más allá de esta
realidad, no es correcto -del todo- ver
a la clase media gorila como pobres victimas de un sistema capitalista que les “come
el bocho” sin tregua. Hay que tener en cuenta también, que esta clase media no
es sinónimo para nada de piedad o solidaridad. La clase media gorila, prefiere
adoptar actitudes camaleónicas, disfrazarse de ricachón, velar por los
intereses de los que están arriba, y odiar, discriminar y repudiar a los que
están abajo. Esta actitud se ve plasmada en la constante necesidad de la clase
media de diferenciarse de los marginados, de su necesidad de subir escalones.
Está tristemente condenada a desear ser “algo”, identificando esa cualidad con el paso definitivo a la clase alta. Ser "algo" es –para ellos también- tener
más, ser más poderoso, tener más dinero. Entonces la poca empatía que pueda llegar a surgir con los de abajo no es más que un nuevo impedimento hacia su
ascenso necesario a oligarcas verdaderos, a terratenientes, a poderosos.
La fuerza de la derecha
monopólica para asegurar su perpetuación en el poder, y su incremento
exponencial de ganancias, se ve favorecida por la actitud de la clase media de
acompañarlos, de marginar aún más al marginado y de desear con todas sus tripas
ser como ellos. Pero los excesos que la clase media se permite, al estar
expuesta a la realidad que le dictan, al salir a la calle a pedir por lo que le
dicen que necesita, la lleva a expresiones fascistas, que la elite en su
entendimiento mucho más eficaz y titiritero de la realidad prefiere reservarse.
Vemos, entonces, como este paradigma socio-económico ha llevado a la perpetuación
irritante en la “realidad argentina” de esa frase tan potente, y tan
tristemente nuestra: “Hay que matarlos a todos”. Plasmada en esta frase están
las apreciaciones políticas que la clase media derechista da a los dictámenes
de la elite libre-mercadista. Encuentran en el odio, en el ejercicio de –no-
pensar a través de sus prejuicios, de sentirse falsamente superiores a “los
otros”, una congruencia con los poderosos, a quienes admiran. Si analizamos un
poco la frase encontramos una paradoja: la frase dice que hay que matar a
todos, mas ese todos no es todos, es una totalidad, pero una totalidad
compuesta por los otros; “los otros” son a quienes hay que matar, pero a todos.
La frase expresa el éxito innegable de la derecha como formadora de opinión usando
los medios de comunicación, ya que afirma que se ha llegado a un punto donde de
nada vale educar, de nada sirve paliar la pobreza, ayudar, incluir, porque la
única solución es la desaparición física de todos “los otros”. La liviandad con
la que hoy se usa esta frase no hace más que demostrar como han inculcado el
concepto de que a la pobreza y a la marginación no se la puede solucionar,
disminuir, sino que se la tiene que desaparecer, asesinar y reprimir.
Dentro de esta realidad a la que
nos expulsan reina, también, la hipocresía. La pasividad nos hace cómplices. La
única manera de diferenciarse de los explotadores, no es solamente no dejarse
explotar, sino ayudar a quien esta siendo explotado, luchar contra el
explotador. Ser es aquel que lucha. Debemos pensar si el odio que tratan de
inculcarnos puede de alguna manera ser nuestro o si es solo la forma en que los
monopolios aseguran su vida eterna. Si se quiere renegar de ese odio y
acercarse un poco más al amor y a la comprensión es tiempo de dejar de llenarse
la boca con frases como “Educar es combatir, resistir obligación”, de llenar
muros de Facebook con posteos anti-discriminación si luego se permitirán
arrojarse al odio, al racismo y a la xenofobia. Es tiempo de actuar, de vivir
como se piensa. Quizás el día que eliminemos del inconsciente colectivo toda
forma de discriminación nuestro territorio se vuelva un poco más justo. Y
seguramente ese día, para muchos, la muerte dejará de ser la salida.
Por Emiliano Olivares.
Dedicado a “los otros”. Que mis
simples pero sinceras palabras acompañen de la forma que sea posible a esa
inquebrantable voluntad de levantarse todos los días, aun cuando la muerte es la
salida.
No me gusta los que usan la palabra "sublime" trata de utilizarla menos, te va a ayudar
ResponderEliminarmuy bueno ,coincido en todo
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