19 de abril de 2013

18/04

¿Cuáles eran las consignas de hoy, che? 
Dejemos por hoy, y digo hoy, porque lo han definido como su día; mejor dicho este día los define: hoy es el día que se acordaron de marchar. Pero, sigo, dejemos por hoy de lado los insultos, los ataques, el odio y por lo menos tiren consignas copadas, vió.
¿Cómo puede ser que en su día, en su momento, cuando se atribuyen la calle, lo ajeno, lo popular, lo de todos, lo que nunca será sangre en sus venas, se detengan en insultos? 
El día del burgués macarthista. Esta peli ya la ví. No quiero recordar como termina. ¿Será que esta vez tenga final feliz? Yo creo que si. Y comienzo, también, claro.





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Acá hay un grave error de concepto. Los "ciudadanos comunes" y 'demases' no tan comunes que ayer se manifestaron, no deben quedarse en la pseudo estrategia del "nosotros no tenemos que proponer, eso lo hacen los políticos, estamos acá para mostrar nuestra disconformidad". Están por de más seguros que para ser político, para proponer, para involucrarse, hace falta alguna cualidad ultra-especial. Quienes apoyamos críticamente al gobierno sabemos que lejos estamos de llegar a una situación modelo o perfecta, si es que esto puede llegar a existir. Bienvenidas las propuestas.
Finalmente, parafraseando a un amigo: algunos piensan que los políticos son entes extraterrestres que vienen de otros planetas a gobernarnos.
Claro, así todo es más fácil. Un poco de huevos, che.

6 de marzo de 2013

Para los que hoy (5 de Marzo de 2013) fueron felices:



   Tu sonrisa macabra te define. Tu felicidad 'escondida' no te deja alejarte. Te mantiene en tu cómodo eje. Repleto de odio. Lo peor es que no te incomoda, la aceptas y abrazas. 
   Un dictador, populista. ¿Cómo no vas a estar feliz? Tu esencia te instiga a estarlo. Con esa mueca delatora. Esa gracia en público, que apenas si enseña una pizca de tu repugnancia hacia el Otro. Ese dolor que le exige desesperadamente a tus entrañas gritar que hoy fue un gran día.
   De tu atadura no podrás librarte. Vivirás maniatado. Será así porque has determinado que tu vida vale más que las demás. Que tiene valor supremo. Que sos, de alguna manera, necesario. Importante. Que el llanto de millones de nada vale, ante tu seguridad impoluta. Y de esta terrible bajeza, tu alma no logrará escaparse jamás. Te deseo lo mejor, porque lo peor ya lo tienes.


Emiliano Olivares.

22 de marzo de 2012

PIBES EN LOS MARGENES: CUANDO LA MUERTE ES LA SALIDA


Importan dos maneras de concebir el mundo.
Una, salvarse solo,
arrojar ciegamente los demás de la balsa
y la otra,
un destino de salvarse con todos,
comprometer la vida hasta el último náufrago,
no dormir esta noche si hay un niño en la calle.





              Hay vivencias que no se pueden contar. Que se deben vivir para entenderlas. Aventuras fantásticas de fin de semana que nuestros amigos nos cuentan con toda la pasión del mundo, pero que solo logramos sentir superficialmente. Vidas increíbles, anécdotas impresionantes. Hay realidades que solo pueden ser comprendidas cuando se viven, cuando se sienten en carne propia, cuando se sufren y gozan.
Me voy a permitir hablar de una realidad imposible de entender. La pasaron por televisión, por América, y tuve la suerte de enganchar una conversación valiosísima -un choque de realidades- que merece ser plasmada en un texto e inmortalizada. Seguramente merezca la apreciación de alguien mucho más dado a la escritura. No importa. Seré yo quien trate de darle la importancia que, sin lugar a dudas, merece. Era uno de esos programas en donde con tan solo una cámara y un entrevistador se meten en barrios marginales y tratan de hablar con los pibes que ahí viven. Estos pibes andaban en moto y se largaban por una bajada empinadísima y literalmente se acostaban en las motos. El programa se ocupaba de enfatizar lo peligroso de la aventura, y lo descuidados que eran los pibes. En medio de tanto show gorila, ocurrió un hecho que me dejó boquiabierto, los invito a analizarlo conmigo:
   El entrevistador, luego de mucho insistir, logra hablar con un pibe, quien aseguro era mil veces más inteligente, (con su pasamontañas para cubrirle el rostro, con su ropa vieja –seguramente heredada- y harapienta y con su cerebro apaciguado por el alcohol), que el impecable entrevistador (con su acento finito y su campera de cuero que costaba –no menos de- mil mangos). La conversación empezó más o menos así:
                Entrevistador: -Che “maestro”, no te parece peligroso lo que están haciendo, digo, vos ¿tuviste algún accidente alguna vez?
                Entrevistado: -Si, mira, yo choque tres veces. Nunca me pasó nada grave. Tengo un par de huesos rotos nada más.
                Entrevistador: -Y no te has puesto a pensar que hay que bajar un cambio.  ¿No te parece peligroso lo que están haciendo?
                Entrevistado: -No entendés nada, flaco.
                ¡Sublime! Claro que no entiende nada. ¿Cómo va a entender algo? Su intención es, justamente, no entender nada. No lo pusieron ahí para pensar –ejercicio al que dudo que le dedique algún tiempo-. Lo pusieron ahí con una tarea específica, durísima, pero necesaria. Criminalizar. Mostrar a los pibes como criminales. Como personajes violentos que no les importa nada. Que están jugados y para los que tu vida vale nada. Porque son así, son cabecitas negras, son grasas. ¿Cómo va a entender algo? Nunca nadie que no quiere entender va a entender. No le interesa. Para entender hay que comunicarse, pero comunicarse en serio. Escuchar, pensar, reflexionar. Hay que ponerse en el lugar del otro. ¿Cómo se va a poner en el lugar del otro? Todo lo contrario, el “chetito” estaba ahí para mostrar que es superior, que puede rebajar a esos cabecitas, que tendrían que estar todos presos. Para mostrar la inseguridad. Para mostrar lo peligroso que es estar cerca de esos marginados. Porque que quede claro, eh, a él no le hacen nada porque tiene al camarógrafo atrás. Sino estuviese la cámara lo matan, si son asesinos, “están jugados”. Todo esto buscaba mostrar de forma implícita, pero continua y persistente, el programa. Pero la conversación sigue, y se vuelve –aún más- impresionante:
                Entrevistador: -Me parece que ustedes no valoran la vida. Se pueden morir… ¿no les importa morirse?
                (No, flaco… ¡qué pregunta boluda! Como se nota que en verdad no entendés nada. Y vos estás ahí demonizando al pibe que sí entiende, y mucho más que vos. Y que si no hubiera nacido en esa villa seguramente sería tu jefe. Ahora entiendo que quieren decir cuando dicen “Argentina, país generoso”, lastima que sea generoso con los idiotas clase media. Pero sigamos;  se viene la épica respuesta).
                  Entrevistado: -La muerte es la salida.
                ¿Qué se puede agregar? ¿Qué más se puede decir? No recuerdo si la conversación continúa o si el corte de escena es inmediato. No deberían haber pasado esta escena. Capaz lo que se buscó fue mostrar lo jugados que están estos pibes: cómo no te van a matar, cómo no se van a jugar la vida, si para ellos morirse –que los maten- es la salida. Lograron el efecto contrario, por lo menos en mí, el pibe no solo sacó a relucir la idiotez del entrevistador, sino que lo humilló, le dio una lección de vida, le mostró lo cruda y terrible que puede ser la vida marginal. Ojalá –el entrevistador- haya llegado a su casa y mientras se duchaba para sacarse el olor a “ciruja” que le dejo ese “villerito” haya meditado lo que le dijo el pibe, porque le vomitó una verdad espantosa.
                Estos programas logran de manera majestuosa lo que buscan. Exponer a la “gente de bien” la peligrosa realidad de los otros. “Los otros” son aquellos que no son como ellos. Ellos son los pudientes, los que estudian, los que tienen una vida, un futuro, los educados. Buscan mostrar el abismo que existe –y que desean que siempre exista- entre ellos y los otros: los marginados, los echados, los apartados y odiados. Mas esta búsqueda no es sin sentido. La necesidad de crear un ambiente de inseguridad y odio está basada en el desinterés de la derecha de cambiar el paradigma económico actual. Así los medios de comunicación, fieles lacayos de los intereses corporativos de la derecha muestran una realidad de inseguridad, que cobra vida en los marginados que se vuelven delincuentes, los cuales no tienen “cura” y deben “ser encerrados”. O peor….
La derecha no impone una falsa necesidad de seguridad. Es una necesidad verdadera, un sentimiento real. Uno necesita seguridad cuando siente que tiene algo que asegurar. Que posee algo que le pertenece, que debe ser defendido. Para la derecha esta defensa la debe encarnar el Estado, con todas las armas –a veces literalmente- necesarias. La derecha lo único que entiende valioso de sus posesiones es el dinero, que se expresa en sus bienes materiales, que se traduce en su poder. La derecha necesita seguridad para defender su dinero y seguir facturando. Ellos son sus bienes, su ganancia; su ser se encarna en el respeto por las instituciones, su herencia “católica o religiosa”, y por sobre todo, su dinero, que los diferencia de “los otros”. Ellos son mejores que los pobres por su dinero. Si les quitamos su dinero no son nada, no tienen como diferenciarse, porque su entendimiento propio está unido a sus ganancias. Pero cuando nombran a la seguridad como necesidad básica para afrontar el mundo, no incluyen las medidas que se deben tomar para lograr esa seguridad. Es decir, la derecha exige seguridad (y puede exigir porque tiene el poder para hacerlo), mas no importa como se obtenga, no importa qué se tenga que hacer para brindarle “su” seguridad.
         Dentro de este paradigma, la derecha no intenta erradicar la pobreza, solucionarla. No busca cambios. Porque para solucionar se tiene que romper el statu quo;  yo no puedo arreglar algo sin cambiar el estado en el que se encuentra, no puedo pasar a un estado posterior sin modificar el actual. La derecha no puede eliminar la marginación, ocuparse de educar y satisfacer necesidades básicas, si para ello tiene que gastar su dinero, renunciar al vicio del siempre más, del nunca es suficiente. Entonces elige reprimir la pobreza, mantenerla alejada de sus ganancias, seguir facturando a costa del hambre de “los otros”.
Lo interesante es que dentro de la derecha no solo se encuentra la oligarquía y los sectores sociales dominantes del mercado, sino también sectores que parecieran que en realidad no tienen tanto poder como aparentan,  pero que son la cara visible de las exigencias de la derecha en general. Pasa que han logrado inmortalizar sus intereses y crear un sistema de libre mercado -donde sus ganancias son cada día mayores- con el apoyo constante de una clase media que idiotizada por los medios de comunicación, al servicio de los poderosos, forma su pensamiento y opinión acorde a lo que le dictan.
De esta manera se completa el círculo vicioso donde la derecha poderosa, los monopolios y oligopolios le dictan qué pensar y decir a la clase media, logrando así el apoyo de este sector social en la búsqueda interminable de criminalizar, reprimir y aumentar la pobreza, para aumentar sus ganancias y su poder. Más allá de esta realidad,  no es correcto -del todo- ver a la clase media gorila como pobres victimas de un sistema capitalista que les “come el bocho” sin tregua. Hay que tener en cuenta también, que esta clase media no es sinónimo para nada de piedad o solidaridad. La clase media gorila, prefiere adoptar actitudes camaleónicas, disfrazarse de ricachón, velar por los intereses de los que están arriba, y odiar, discriminar y repudiar a los que están abajo. Esta actitud se ve plasmada en la constante necesidad de la clase media de diferenciarse de los marginados, de su necesidad de subir escalones. Está tristemente condenada a desear ser “algo”, identificando esa cualidad con el paso definitivo a la clase alta. Ser "algo" es –para ellos también- tener más, ser más poderoso, tener más dinero. Entonces la poca empatía que pueda llegar a surgir con los de abajo no es más que un nuevo impedimento hacia su ascenso necesario a oligarcas verdaderos, a terratenientes, a poderosos.
La fuerza de la derecha monopólica para asegurar su perpetuación en el poder, y su incremento exponencial de ganancias, se ve favorecida por la actitud de la clase media de acompañarlos, de marginar aún más al marginado y de desear con todas sus tripas ser como ellos. Pero los excesos que la clase media se permite, al estar expuesta a la realidad que le dictan, al salir a la calle a pedir por lo que le dicen que necesita, la lleva a expresiones fascistas, que la elite en su entendimiento mucho más eficaz y titiritero de la realidad prefiere reservarse. Vemos, entonces, como este paradigma socio-económico ha llevado a la perpetuación irritante en la “realidad argentina” de esa frase tan potente, y tan tristemente nuestra: “Hay que matarlos a todos”. Plasmada en esta frase están las apreciaciones políticas que la clase media derechista da a los dictámenes de la elite libre-mercadista. Encuentran en el odio, en el ejercicio de –no- pensar a través de sus prejuicios, de sentirse falsamente superiores a “los otros”, una congruencia con los poderosos, a quienes admiran. Si analizamos un poco la frase encontramos una paradoja: la frase dice que hay que matar a todos, mas ese todos no es todos, es una totalidad, pero una totalidad compuesta por los otros; “los otros” son a quienes hay que matar, pero a todos. La frase expresa el éxito innegable de la derecha como formadora de opinión usando los medios de comunicación, ya que afirma que se ha llegado a un punto donde de nada vale educar, de nada sirve paliar la pobreza, ayudar, incluir, porque la única solución es la desaparición física de todos “los otros”. La liviandad con la que hoy se usa esta frase no hace más que demostrar como han inculcado el concepto de que a la pobreza y a la marginación no se la puede solucionar, disminuir, sino que se la tiene que desaparecer, asesinar y reprimir.
Dentro de esta realidad a la que nos expulsan reina, también, la hipocresía. La pasividad nos hace cómplices. La única manera de diferenciarse de los explotadores, no es solamente no dejarse explotar, sino ayudar a quien esta siendo explotado, luchar contra el explotador. Ser es aquel que lucha. Debemos pensar si el odio que tratan de inculcarnos puede de alguna manera ser nuestro o si es solo la forma en que los monopolios aseguran su vida eterna. Si se quiere renegar de ese odio y acercarse un poco más al amor y a la comprensión es tiempo de dejar de llenarse la boca con frases como “Educar es combatir, resistir obligación”, de llenar muros de Facebook con posteos anti-discriminación si luego se permitirán arrojarse al odio, al racismo y a la xenofobia. Es tiempo de actuar, de vivir como se piensa. Quizás el día que eliminemos del inconsciente colectivo toda forma de discriminación nuestro territorio se vuelva un poco más justo. Y seguramente ese día, para muchos, la muerte dejará de ser la salida.


Por Emiliano Olivares.


Dedicado a “los otros”. Que mis simples pero sinceras palabras acompañen de la forma que sea posible a esa inquebrantable voluntad de levantarse todos los días, aun cuando la muerte es la salida.

16 de marzo de 2012

Fenomenología del éxito



       Uno de los pilares del capitalismo, sobre todo en sus lejanos momentos de construcción, es (a diferencia de lo que muchos creen) un principio que en teoría suena bastante noble: el de la competencia sana y productiva. El principio básico sobre el que se edifican algunas teorías del gigante escocés Adam Smith no es el del consumismo, ni mucho menos el de la opresión, sino el de la estimulación de la competencia. Mientras que esta estimulación la ejerce el mercado, haciendo aflorar en el hombre impecables virtudes como el compromiso o la autosuperación, la igualdad de oportunidades está asegurada por “la Mano Invisible”. La cualidad mística del libre mercado de mantener su pureza ante las debilidades teóricas de los estudios de Smith, pareciera inclinar la balanza hacia el lado de la esperanza, de la capacidad del sistema de funcionar correctamente. Pero otra vez nuestras creencias nos fallaron. “La Mano” se quedó en algún bolsillo y el sistema se auto devoró. Se crearon Imperios y la igualdad de oportunidades, (¡a no confundir con igualdad de éxito! Gritará todavía algún libremercadista frente a unos pocos ricachones que no tienen por qué confundirla con la igualdad de éxito, al éxito lo heredaron, la dialéctica está de su lado), parece el nombre de una poesía de antaño.
Entre tanto desastre me propongo hablar de un tema que, por lo menos a mí, me resulta sumamente interesante: el éxito. Mas no es la intención de este texto tratar de explicar qué es o qué entendemos por éxito, tarea un tanto aburrida. Si no qué sentimos por él. Qué –o quiénes- es lo que nos obliga a buscarlo con tanto ahínco. Qué realidades enfrentaron quienes lo alcanzaron. Y la más inquietante de todas las preguntas, la que pareciera no tener respuesta: ¿Vale la pena?
Todo está relacionado. Es verdad que no existe un decantamiento histórico, que la historia no es más que un sinfín de contradicciones encontradas, varios caminos edificados por la aleatoriedad del devenir. Nada pasa porque debe pasar. Pero la historia es engañosa. Existen puntos donde parece que tomara vida, se vuelve densa, poderosa. Son segmentos de una realidad pasada donde pareciera que todos hicieron lo que tenían que hacer para que la historia siguiera ese camino. Donde todo parece decantar en un solo evento. Es una verdadera pena que estos eventos donde confluyen miles de increíbles paradojas estén, absolutamente todos, manchados de sangre.
El Aleph del capitalismo (de su victoria definitiva) se encuentra, en mi humilde opinión, en donde nunca se lo buscó. En un asesinato, como no puede ser de otra manera. En la muerte del mayor enemigo de occidente. En la muerte de “aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia”, como plasmara en música el hermano   de Ismael Serrano. En esta muerte chocan dos realidades, y una se alza victoriosa. En este evento todo pareciera tener sentido. La historia cobra vida y se explica, se expone. La pasión de la guerrilla que todo lo puede. La felicidad nerviosa de una derecha macartista acostumbrada al insulto –nunca nadie se imaginó que estos tipos pudieran sonreír-. Un evento donde todo lo que tenía que pasar para que el Che se inmortalice, pasó. La violencia insurreccional parecía perder sentido. ¿Cómo que el Che se murió? ¿Acaso no era inmortal? Si el murió así, tan fácil… ¿qué queda para nosotros? Si bastó con decirles a los campesinos bolivianos que esos tipos barbudos que venían a contarles historias eran paraguayos. Pero no fue así, nació el mito el mismo segundo en que la selva Boliviana le devoró los pulmones. Al día siguiente de enterarse de la muerte física del guerrillero, ya todos estaban dispuestos a morir como él. Ya lo dijo el General Argentino más querido –y odiado- de todos los tiempos: “Ha muerto uno de los nuestros, quizás el mejor”. Ese hombre que supo amar a una de las mujeres más impresionantes de las que he oído hablar. Y luego, a una de las más idiotas.
En la muerte de Guevara se observa algo fantástico: la negación absoluta del fracaso. El éxito post mortem. Y el festejo de quienes lo querían así, muerto. Dos realidades enfrentadas. La de la guerrilla que veía en cada caído un héroe. Y la de los ejércitos de contra insurrección que afirmaban que no había mejor enemigo que el enemigo muerto. Es increíble este encontronazo. Hay dos éxitos, totalmente opuestos. El del “Che” que se erige como el más grande guerrillero de todos los tiempos, como un símbolo de lucha y de pasión. Y el éxito de la derecha contra insurreccional y asesina, que entiende en esa muerte el fracaso de la teoría del foco guerrillero y la muerte de un enemigo poderoso.
¿Quién tiene razón? Nadie. Nadie tiene la razón. Mejor dicho, nadie la tuvo en ese momento. La razón se ganó. La verdad se obtuvo por la fuerza. Se mató y se torturó en nombre de la verdad y de la razón. Ahora pueden decir – y no estarían mintiendo-: “Vea, la razón la tengo yo. Es mi verdad la que vale. Porque yo tengo el poder. Porque tengo a los medios de comunicación atrás mio. Y ellos dicen lo que yo quiero que digan. Porque yo ya los mate a todos ustedes. Los mate en Argelia, donde se la bancaron, pero de ahí aprendimos mucho. Los mate en Chile cuando lo tire a ese <Son of a bitch>. Los mate en Argentina. Pero… ¿sabe qué es lo gracioso? En Bolivia no me hizo falta matarlos. Ahí se mataron solos. Fueron a enfrentar la historia con 15 fusiles y una teoría por lo menos graciosa, y claro, fracasaron. Entienda de una vez: esa muerte me da la razón. Esa y otras miles más, que valen menos, claro. Hágase para atrás de una vez y no moleste más, su tiempo ya pasó”.
Espero haya quedado claro: el éxito es subjetivo. Mas esa subjetivación depende de la realidad en donde se analiza el éxito. Hoy el mundo ha cambiado. Ya no marcha al socialismo, como se afirmaba hace 40 años. Ya no hay realidades opuestas que colisionan. A lo que dijo Marx –apoyándose en Hegel- ya lo refutó el paso del tiempo. El capitalismo (junto con la globalización y apoyado en quienes lo defendieron por encontrar en el Marxismo un enemigo en común) se comió todo. Entonces, nos encontramos en una realidad donde el éxito dejó de ser subjetivo. Porque esta realidad ya no influye en nuestras decisiones, ya no nos acompaña y condiciona, directamente nos toma para ella, decide por nosotros. Y ahora, por más increíble que suene, el éxito es uno solo: el del capital.
Llegamos a una afirmación incómoda. Incómoda es una palabra que no me gusta usar. Es una palabra de tibios. Cuando se quiere decir que algo es terrible pero se lo quiere decir suavemente se dice que es incómodo. A ver, es una afirmación reaccionaria, fascista. Ahora se ajusta mejor. Sin lugar a dudas es así. Si llegamos a una conclusión tan potente debemos usar palabras dolorosas. Estamos diciendo algo temible: en el paradigma actual es imposible ser. Porque a quien se le niega formar una propia concepción de éxito se le esta prohibiendo ser. Es una existencia incompleta. Se depende del entorno, se está en la espera de lo correcto, de lo correcto para vivir. Porque ya no sabemos identificar la delgada línea que separa lo realmente necesario de lo que nos imponen como necesario, como verdad.
Me queda la difícil “misión” de defender mi afirmación. No es una tarea grata. Salgamos un poco a la calle. Sin lugar a dudas en las primeras cuadras vamos a encontrar refutaciones empíricas a mi conclusión. Y es cierto: ¿quién soy yo para decirle al militante de superficie que su accionar, y por consiguiente su búsqueda del éxito, está englobada en el capitalismo? ¿Cómo puedo explicarle a los chicos que participan en ONG, que se rompen el lomo para devolver un poco de suerte, que el capitalismo no les teme, sino todo lo contrario: ya los incluyó? Para esta ardua tarea quiero incluir uno de los conceptos filosóficos que más me han apasionado: El Significante Vacío. El capitalismo en su concepción inicial estaba lejos de relacionarse con la palabra vacío. Tenía un fuerte marco teórico. Pero por medio de la globalización, de la crisis, de la capacidad del sistema de autodevorarse, de unir incoherencias y seguir siendo, existiendo, logró lo imposible: ser todo. El capitalismo es, justamente, todo. Está en todas partes. Ha llegado a todos lados. Todos somos parte de él, de ahí que es imposible edificar una opinión de algo tan ligado a nuestro pensar y sentir, como es el éxito, sin incluir en ese ejercicio el capitalismo.
Estamos viviendo épocas difíciles, duras, de guerra y muerte. El monstruo habita en todas partes. Hasta los más revolucionarios deben admitir su participación con el paradigma actual. El sistema se alimenta de todo. Hasta quienes pensamos que están excluidos, marginados, son –contrariamente al pensamiento común- la columna vertebral del sistema. El capitalismo alimenta una parte de la sociedad, le otorga excesos (y poder, mucho poder, para defender esos excesos a los que la ha acostumbrado) hambreando a la otra parte; la que ha desterrado. Pero acá esta lo apasionante: el sistema es todo pero al ser todo no es nada. No significa nada. No se lo puede defender (igual no necesita ninguna defensa teórica, toda la defensa que necesita se liga directamente a la fuerza) porque es imposible entender qué es. Algo que está en todos lados, que une tantas incoherencias, que ha alcanzado la formula de la inmortalidad no puede significar algo. Pero lo más terrible es que no podemos separarlo de nuestra identidad, está aferrado a nuestro ser. Cuando digo que existe sólo el éxito del capital no estoy diciendo este éxito sea un éxito consumista, sino que toda forma de éxito, toda necesidad de éxito, está intrínsecamente relacionada con el sistema. Con la parte del sistema que nos toca vivir, experimentar. Porque este ha logrado meterse en todos lados, incluyendo nuestra conciencia. Nuestro entendimiento de nosotros mismos. Es  una realidad terrible, pero innegable.
Ahora me dirijo a los jóvenes de alma, a todo aquel que siga con ganas de resistir. Porque este texto es ofensivo de sobremanera. Porque me amarga la existencia no poder encontrarle a esta realidad un punto de quiebre preciso. Saber que de las crisis, el capitalismo puede alimentarse, que del hambre y el odio puede crecer, mutar, evolucionar. Pero no me mal interpreten. Yo jamás voy a pedir que dejen de luchar, que dejen de buscar, que dejen de cambiar el mundo. Porque ya lo han logrado. Porque en cada pibe que sale a cambiar el mundo yo veo la esperanza de una realidad distinta. No se preocupen por mis delirios teóricos. La praxis todo lo puede. Esos nobles deseos de mejoría encarnados en el poder calcinante del actuar, no pueden no llevarnos a un mundo mejor. Hay que hacer, hay que moverse. Pero hay que pensar. Porque están preparados para aniquilarnos en cualquier momento. Ya lo hicieron. Y lo harían de nuevo sin dudarlo. Sigamos, juntos y por siempre. Ya lo dijo ese poeta tan nuestro: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. A pesar de que camine, no la alcanzare nunca ¿para qué sirve la utopía, entonces? Sirve para eso: para caminar.” Ese es nuestro éxito: caminar. Y vale todas las penas que se cobra todos los días.
Gracias por tanto, perdón por tan, pero tan poco.-

Por Emiliano Olivares.

Dedicado a Facundo Calderoni. Ejemplo de perseverancia, resistencia y pasión. Fuente inagotable de amistad y orgullo. Para vos son mis palabras, mi amistad y mi soporte incondicional por sobre todas las cosas en estos días grises.  Éxito en este nuevo futuro que te espera ansioso. !Cumple sus sueños quien resiste!

13 de marzo de 2012

La Patria

    Patria, nación, escudo, bandera, himno; la gran mayoría de nosotros escuchamos estas palabras durante nuestra edad escolar, más precisamente durante la primaria. Nos asociaron el concepto de Patria con el concepto de Nación, nos enseñaron que ser patriota es cantar el himno y llevar la escarapela los “días patrios”, que ser patriota es saber de memoria las marchas y los himnos, que ser patriota es saber que pasó el 25 de mayo o el 9 de julio, que ser patriota es estar dispuesto a dar la vida por la nación, es ir a la guerra, que ser patriota es apoyar todos los seleccionados deportivos, que ser patriota es amar a tu país. Nos daban como ejemplo de patriotas a los “yanquis”, nos decían que ellos están mejor que nosotros porque en todas las casas hay una bandera de su país, que son mejores porque todos cantan el himno con la mano en el corazón.  Simplemente con todo esto nos incitaban al nacionalismo.
    Y la patria no comulga con el nacionalismo. La patria es el amor, la pertenencia;  por el contrario el nacionalismo es el odio a la otra nación. La patria es tan amplia como uno pueda pensarla, imaginarla, sentirla; el nacionalismo tiene un límite, un color, una forma. La patria genera unión, solidaridad; el nacionalismo divide, es egoísta.  Y nosotros no nos podemos permitir ser nacionalistas, no nos podemos permitir odiar, dividir, sentirnos superiores, ser egoístas, matar por una bandera, no señores no podemos, no podemos por el simple hecho de que la nacionalidad es una circunstancia. Por eso nos vemos obligados a amar, a compartir, a sentir que somos todos iguales y llevar esa forma de pensar a nuestra vida a nuestros días.
    Demasiadas pruebas ya tenemos de lo que el nacionalismo generó y las pruebas están todas manchadas de sangre, de sangre joven, de sangre que quedó a mitad de camino, de sangre que pudo ser letra, que pudo ser música, que pudo ser pintura y solo termino siendo la hoja de un libro de historia, tinta negra en un papel amarillo.
    Por eso desde este espacio decimos, la patria la hace uno y la hacemos todos. La patria es uno y seremos todos, es nuestro deseo, es nuestro sueño.
   
   Por Leandro Toranzo.

Del amor y la muerte

    El mundo ha cambiado mucho. Y con él quienes lo habitamos. En las últimas décadas ha ocurrido un trasvasamiento generacional impulsado por la fiereza de nuestra biología. La cortísima vida del hombre. Acompañando este trasvasamiento, vino sin lugar a dudas, un cambio radical de las costumbres, de los miedos, de los pensamientos y del amor.
    La actualización, por así mal llamarla, del pensamiento colectivo, como también así del particular, (proveniente de los estratos de nuestra sociedad entregados al bello arte del pensamiento crítico) se debe en gran medida al fracaso rotundo de la dialéctica impuesta por los filósofos cuasi contemporáneos. No se escandalicen. No es la finalidad de este texto hablar sobre “La Hidra”. Pero si del impacto que tuvo su destrucción en una de las facetas más hermosas del hombre –y de la mujer mucho más-. Hércules, encarnado en las costumbres de occidente, del cristianismo y en la putrefacción moralista del todo está mal, destruyo la esperanza de miles de jóvenes, pero alimento los deseos (y esto hay que decirlo) de otros miles al cortar hasta la ¿última? cabeza de La Hidra. Dicen que todavía vive una cabeza, en una Isla caribeña.
   Pero vamos al grano. Los medios de comunicación, junto con las evidencias empíricas, la increíble paradoja de las grandes ciudades con sus millones de solos y solas nos entregan una realidad indeseable. La de la imposibilidad del amor. O por lo menos una increíble dificultad para alcanzarlo. Si aceptamos esta realidad, debemos sin lugar a dudas, hacer la pregunta más difícil: ¿De quién es la culpa?
    La autocrítica es dolorosa y complicada. Mas echar la culpa es bastante simple. No sin razón podemos afirmar, por ejemplo, lo que dijera Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.” No parece errado decir que perdimos la humanidad el dia que Clausewitz afirmara que cualquier vestigio de humanidad nos hará más débiles frente a un enemigo menos piadoso. Habremos muerto un poco cada vez que Marx, errado para mi gusto, afirmaba que su mayor aporte a la humanidad era la dictadura del proletariado. Capaz nos convertimos en fieras el mismo momento en que fue torturado el primer hombre (método usado de manera abusiva por la Iglesia católica –la tortura para obtener la confesión-, y por la contrainsurgencia contemporánea de forma espectacularmente cruenta: “Con la sangre se aprende mucho”; diría Aufranc macartista asesino sin escrupulos). Nos han expulsado a una realidad donde odiar se convierte en una tarea demasiado simple, y amar, cuesta cada día más.
    No parece un razonamiento falaz. Pero al admitir esto, estamos dando paso a una afirmación temible, enunciada anteriormente: El amor ha cambiado para peor. No es correcta del todo. Seria: El amor ha cambiado en su posibilidad, en su realidad, en su libertad de expresión, se ha vuelto más difícil alcanzarlo. A esto llegamos. A la realidad de la represión pasional, de una herencia de dificultades. A los libros de autoayuda (antítesis de la Literatura) que nos muestran cómo amar, a quién amar, y hasta por qué hacerlo. No debemos aceptar esta realidad. Sobre todo cuando no la deseamos.
    El triunfo innegable de las cruzadas occidentales, de la Moral cristiana por sobre las pasiones de los pueblos derrotados, la primacía de la sangre sobre todo lo demás, las guerras y el odio, junto con el cambio generacional han impulsado en gran medida los terribles problemas de la sociedad actual. Pero no son irremediables. En medio de tanto dolor. En medio de tanta muerte, tanta injusticia, encontramos una pareja que se eligió entre millones, que se profesa amor eterno –mientras dure- para toda la vida y hasta después de ella. Exquisita paradoja.
    Muchos son lo que dicen que ya nadie escribirá “El amor en los tiempos del cólera”, que ya no nacerá otro Neruda. Puede que tengan razón. Pero no hace falta. No los necesitamos. El amor sigue vivo. Por eso saludo a la piba que escribe poesía. Y felicito al que dedica una canción. Al que se levanta a la matina y va al colegio solamente para verla sonreír; ¡Brindo por vos! Porque nos han arrebatado mucho, demasiado. Pero estamos de pie, y ojo, seguimos amando. Porque quizás sea cierto, y el amor haya cambiado, tal vez el amor de antes hasta era peor. Pero de algo estoy segurísimo: sigue siendo hermoso. Este amor es nuestro, aquí y ahora. Y me animo y voy por más; acá si hago futurología –y te lo firmo, eh- lo será para siempre jamás.

Por Emiliano Olivares.

¿Quienes somos?

    Somos un grupo de amigos, estudiantes de ingeniería, que después de tantas veces de charlas y debates sobre temas que nos interesan y creemos es necesario conocer y ser participativos, decidimos compartir nuestros puntos de vista sobre los mismos. Llamamos a este espacio "La tercera posición" ya que desde el mismo intentaremos observar, con un conocimiento y manejo de la filosofía mas bien básicos, temas desde una óptica crítica sin ataduras al pensamiento simplista,  quedesde nuestro punto de vista, la juventud, en general, tiene como modo de observación. Desde nuestro lugar plantearemos debates y discusiones con la intención de construir una sociedad más justa y participativa, en donde los niños, jóvenes y adultos no acepten ciertas imposiciones sociales sin antes hacer ningún tipo de cuestionamiento. Estamos abiertos a cualquier tipo de crítica, sugerencia o queja.

    Por Leandro Toranzo.