13 de marzo de 2012

Del amor y la muerte

    El mundo ha cambiado mucho. Y con él quienes lo habitamos. En las últimas décadas ha ocurrido un trasvasamiento generacional impulsado por la fiereza de nuestra biología. La cortísima vida del hombre. Acompañando este trasvasamiento, vino sin lugar a dudas, un cambio radical de las costumbres, de los miedos, de los pensamientos y del amor.
    La actualización, por así mal llamarla, del pensamiento colectivo, como también así del particular, (proveniente de los estratos de nuestra sociedad entregados al bello arte del pensamiento crítico) se debe en gran medida al fracaso rotundo de la dialéctica impuesta por los filósofos cuasi contemporáneos. No se escandalicen. No es la finalidad de este texto hablar sobre “La Hidra”. Pero si del impacto que tuvo su destrucción en una de las facetas más hermosas del hombre –y de la mujer mucho más-. Hércules, encarnado en las costumbres de occidente, del cristianismo y en la putrefacción moralista del todo está mal, destruyo la esperanza de miles de jóvenes, pero alimento los deseos (y esto hay que decirlo) de otros miles al cortar hasta la ¿última? cabeza de La Hidra. Dicen que todavía vive una cabeza, en una Isla caribeña.
   Pero vamos al grano. Los medios de comunicación, junto con las evidencias empíricas, la increíble paradoja de las grandes ciudades con sus millones de solos y solas nos entregan una realidad indeseable. La de la imposibilidad del amor. O por lo menos una increíble dificultad para alcanzarlo. Si aceptamos esta realidad, debemos sin lugar a dudas, hacer la pregunta más difícil: ¿De quién es la culpa?
    La autocrítica es dolorosa y complicada. Mas echar la culpa es bastante simple. No sin razón podemos afirmar, por ejemplo, lo que dijera Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.” No parece errado decir que perdimos la humanidad el dia que Clausewitz afirmara que cualquier vestigio de humanidad nos hará más débiles frente a un enemigo menos piadoso. Habremos muerto un poco cada vez que Marx, errado para mi gusto, afirmaba que su mayor aporte a la humanidad era la dictadura del proletariado. Capaz nos convertimos en fieras el mismo momento en que fue torturado el primer hombre (método usado de manera abusiva por la Iglesia católica –la tortura para obtener la confesión-, y por la contrainsurgencia contemporánea de forma espectacularmente cruenta: “Con la sangre se aprende mucho”; diría Aufranc macartista asesino sin escrupulos). Nos han expulsado a una realidad donde odiar se convierte en una tarea demasiado simple, y amar, cuesta cada día más.
    No parece un razonamiento falaz. Pero al admitir esto, estamos dando paso a una afirmación temible, enunciada anteriormente: El amor ha cambiado para peor. No es correcta del todo. Seria: El amor ha cambiado en su posibilidad, en su realidad, en su libertad de expresión, se ha vuelto más difícil alcanzarlo. A esto llegamos. A la realidad de la represión pasional, de una herencia de dificultades. A los libros de autoayuda (antítesis de la Literatura) que nos muestran cómo amar, a quién amar, y hasta por qué hacerlo. No debemos aceptar esta realidad. Sobre todo cuando no la deseamos.
    El triunfo innegable de las cruzadas occidentales, de la Moral cristiana por sobre las pasiones de los pueblos derrotados, la primacía de la sangre sobre todo lo demás, las guerras y el odio, junto con el cambio generacional han impulsado en gran medida los terribles problemas de la sociedad actual. Pero no son irremediables. En medio de tanto dolor. En medio de tanta muerte, tanta injusticia, encontramos una pareja que se eligió entre millones, que se profesa amor eterno –mientras dure- para toda la vida y hasta después de ella. Exquisita paradoja.
    Muchos son lo que dicen que ya nadie escribirá “El amor en los tiempos del cólera”, que ya no nacerá otro Neruda. Puede que tengan razón. Pero no hace falta. No los necesitamos. El amor sigue vivo. Por eso saludo a la piba que escribe poesía. Y felicito al que dedica una canción. Al que se levanta a la matina y va al colegio solamente para verla sonreír; ¡Brindo por vos! Porque nos han arrebatado mucho, demasiado. Pero estamos de pie, y ojo, seguimos amando. Porque quizás sea cierto, y el amor haya cambiado, tal vez el amor de antes hasta era peor. Pero de algo estoy segurísimo: sigue siendo hermoso. Este amor es nuestro, aquí y ahora. Y me animo y voy por más; acá si hago futurología –y te lo firmo, eh- lo será para siempre jamás.

Por Emiliano Olivares.

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