Uno de los pilares del
capitalismo, sobre todo en sus lejanos momentos de construcción, es (a
diferencia de lo que muchos creen) un principio que en teoría suena bastante
noble: el de la competencia sana y productiva. El principio básico sobre el que
se edifican algunas teorías del gigante escocés Adam Smith no es el del
consumismo, ni mucho menos el de la opresión, sino el de la estimulación de la
competencia. Mientras que esta estimulación la ejerce el mercado, haciendo
aflorar en el hombre impecables virtudes como el compromiso o la
autosuperación, la igualdad de oportunidades está asegurada por “la Mano Invisible ”. La
cualidad mística del libre mercado de mantener su pureza ante las debilidades
teóricas de los estudios de Smith, pareciera inclinar la balanza hacia el lado
de la esperanza, de la capacidad del sistema de funcionar correctamente. Pero
otra vez nuestras creencias nos fallaron. “La Mano ” se quedó en algún bolsillo y el sistema se
auto devoró. Se crearon Imperios y la igualdad de oportunidades, (¡a no
confundir con igualdad de éxito! Gritará todavía algún libremercadista frente a
unos pocos ricachones que no tienen por qué confundirla con la igualdad de
éxito, al éxito lo heredaron, la dialéctica está de su lado), parece el nombre
de una poesía de antaño.
Entre tanto desastre me propongo
hablar de un tema que, por lo menos a mí, me resulta sumamente interesante: el
éxito. Mas no es la intención de este texto tratar de explicar qué es o qué
entendemos por éxito, tarea un tanto aburrida. Si no qué sentimos por él. Qué
–o quiénes- es lo que nos obliga a buscarlo con tanto ahínco. Qué realidades
enfrentaron quienes lo alcanzaron. Y la más inquietante de todas las preguntas,
la que pareciera no tener respuesta: ¿Vale la pena?
Todo está relacionado. Es verdad
que no existe un decantamiento histórico, que la historia no es más que un
sinfín de contradicciones encontradas, varios caminos edificados por la
aleatoriedad del devenir. Nada pasa porque debe pasar. Pero la historia es
engañosa. Existen puntos donde parece que tomara vida, se vuelve densa,
poderosa. Son segmentos de una realidad pasada donde pareciera que todos
hicieron lo que tenían que hacer para que la historia siguiera ese camino.
Donde todo parece decantar en un solo evento. Es una verdadera pena que estos
eventos donde confluyen miles de increíbles paradojas estén, absolutamente
todos, manchados de sangre.
El Aleph del capitalismo (de su victoria definitiva) se
encuentra, en mi humilde opinión, en donde nunca se lo buscó. En un asesinato,
como no puede ser de otra manera. En la muerte del mayor enemigo de occidente.
En la muerte de “aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia”, como plasmara
en música el hermano de Ismael Serrano. En
esta muerte chocan dos realidades, y una se alza victoriosa. En este evento
todo pareciera tener sentido. La historia cobra vida y se explica, se expone.
La pasión de la guerrilla que todo lo puede. La felicidad nerviosa de una
derecha macartista acostumbrada al insulto –nunca nadie se imaginó que estos
tipos pudieran sonreír-. Un evento donde todo lo que tenía que pasar para que
el Che se inmortalice, pasó. La violencia insurreccional parecía perder
sentido. ¿Cómo que el Che se murió? ¿Acaso no era inmortal? Si el murió así,
tan fácil… ¿qué queda para nosotros? Si bastó con decirles a los campesinos
bolivianos que esos tipos barbudos que venían a contarles historias eran
paraguayos. Pero no fue así, nació el mito el mismo segundo en que la selva
Boliviana le devoró los pulmones. Al día siguiente de enterarse de la muerte
física del guerrillero, ya todos estaban dispuestos a morir como él. Ya lo dijo
el General Argentino más querido –y odiado- de todos los tiempos: “Ha muerto
uno de los nuestros, quizás el mejor”. Ese hombre que supo amar a una de las
mujeres más impresionantes de las que he oído hablar. Y luego, a una de las más
idiotas.
En la muerte de Guevara se
observa algo fantástico: la negación absoluta del fracaso. El éxito post
mortem. Y el festejo de quienes lo querían así, muerto. Dos realidades
enfrentadas. La de la guerrilla que veía en cada caído un héroe. Y la de los
ejércitos de contra insurrección que afirmaban que no había mejor enemigo que
el enemigo muerto. Es increíble este encontronazo. Hay dos éxitos, totalmente
opuestos. El del “Che” que se erige como el más grande guerrillero de todos los
tiempos, como un símbolo de lucha y de pasión. Y el éxito de la derecha contra
insurreccional y asesina, que entiende en esa muerte el fracaso de la teoría
del foco guerrillero y la muerte de un enemigo poderoso.
¿Quién tiene razón? Nadie. Nadie
tiene la razón. Mejor dicho, nadie la tuvo en ese momento. La razón se ganó. La
verdad se obtuvo por la fuerza. Se mató y se torturó en nombre de la verdad y
de la razón. Ahora pueden decir – y no estarían mintiendo-: “Vea, la razón la
tengo yo. Es mi verdad la que vale. Porque yo tengo el poder. Porque tengo a
los medios de comunicación atrás mio. Y ellos dicen lo que yo quiero que digan.
Porque yo ya los mate a todos ustedes. Los mate en Argelia, donde se la
bancaron, pero de ahí aprendimos mucho. Los mate en Chile cuando lo tire a ese
<Son of a bitch>. Los mate en Argentina. Pero… ¿sabe qué es lo gracioso?
En Bolivia no me hizo falta matarlos. Ahí se mataron solos. Fueron a enfrentar
la historia con 15 fusiles y una teoría por lo menos graciosa, y claro,
fracasaron. Entienda de una vez: esa muerte me da la razón. Esa y otras miles
más, que valen menos, claro. Hágase para atrás de una vez y no moleste más, su
tiempo ya pasó”.
Espero haya quedado claro: el
éxito es subjetivo. Mas esa subjetivación depende de la realidad en donde se
analiza el éxito. Hoy el mundo ha cambiado. Ya no marcha al socialismo, como se
afirmaba hace 40 años. Ya no hay realidades opuestas que colisionan. A lo que
dijo Marx –apoyándose en Hegel- ya lo refutó el paso del tiempo. El capitalismo
(junto con la globalización y apoyado en quienes lo defendieron por encontrar
en el Marxismo un enemigo en común) se comió todo. Entonces, nos encontramos en
una realidad donde el éxito dejó de ser subjetivo. Porque esta realidad ya no
influye en nuestras decisiones, ya no nos acompaña y condiciona, directamente
nos toma para ella, decide por nosotros. Y ahora, por más increíble que suene,
el éxito es uno solo: el del capital.
Llegamos a una afirmación incómoda.
Incómoda es una palabra que no me gusta usar. Es una palabra de tibios. Cuando
se quiere decir que algo es terrible pero se lo quiere decir suavemente se dice
que es incómodo. A ver, es una afirmación reaccionaria, fascista. Ahora se
ajusta mejor. Sin lugar a dudas es así. Si llegamos a una conclusión tan
potente debemos usar palabras dolorosas. Estamos diciendo algo temible: en el
paradigma actual es imposible ser. Porque a quien se le niega formar una propia
concepción de éxito se le esta prohibiendo ser. Es una existencia incompleta.
Se depende del entorno, se está en la espera de lo correcto, de lo correcto
para vivir. Porque ya no sabemos identificar la delgada línea que separa lo
realmente necesario de lo que nos imponen como necesario, como verdad.
Me queda la difícil “misión” de
defender mi afirmación. No es una tarea grata. Salgamos un poco a la calle. Sin
lugar a dudas en las primeras cuadras vamos a encontrar refutaciones empíricas
a mi conclusión. Y es cierto: ¿quién soy yo para decirle al militante de
superficie que su accionar, y por consiguiente su búsqueda del éxito, está
englobada en el capitalismo? ¿Cómo puedo explicarle a los chicos que participan
en ONG, que se rompen el lomo para devolver un poco de suerte, que el
capitalismo no les teme, sino todo lo contrario: ya los incluyó? Para esta
ardua tarea quiero incluir uno de los conceptos filosóficos que más me han
apasionado: El Significante Vacío. El capitalismo en su concepción inicial
estaba lejos de relacionarse con la palabra vacío. Tenía un fuerte marco
teórico. Pero por medio de la globalización, de la crisis, de la capacidad del
sistema de autodevorarse, de unir incoherencias y seguir siendo, existiendo,
logró lo imposible: ser todo. El capitalismo es, justamente, todo. Está en
todas partes. Ha llegado a todos lados. Todos somos parte de él, de ahí que es
imposible edificar una opinión de algo tan ligado a nuestro pensar y sentir,
como es el éxito, sin incluir en ese ejercicio el capitalismo.
Estamos viviendo épocas
difíciles, duras, de guerra y muerte. El monstruo habita en todas partes. Hasta
los más revolucionarios deben admitir su participación con el paradigma actual.
El sistema se alimenta de todo. Hasta quienes pensamos que están excluidos,
marginados, son –contrariamente al pensamiento común- la columna vertebral del
sistema. El capitalismo alimenta una parte de la sociedad, le otorga excesos (y
poder, mucho poder, para defender esos excesos a los que la ha acostumbrado)
hambreando a la otra parte; la que ha desterrado. Pero acá esta lo apasionante:
el sistema es todo pero al ser todo no es nada. No significa nada. No se lo
puede defender (igual no necesita ninguna defensa teórica, toda la defensa que
necesita se liga directamente a la fuerza) porque es imposible entender qué es.
Algo que está en todos lados, que une tantas incoherencias, que ha alcanzado la
formula de la inmortalidad no puede significar algo. Pero lo más terrible es
que no podemos separarlo de nuestra identidad, está aferrado a nuestro ser.
Cuando digo que existe sólo el éxito del capital no estoy diciendo este éxito
sea un éxito consumista, sino que toda forma de éxito, toda necesidad de éxito,
está intrínsecamente relacionada con el sistema. Con la parte del sistema que
nos toca vivir, experimentar. Porque este ha logrado meterse en todos lados,
incluyendo nuestra conciencia. Nuestro entendimiento de nosotros mismos.
Es una realidad terrible, pero
innegable.
Ahora me dirijo a los jóvenes de
alma, a todo aquel que siga con ganas de resistir. Porque este texto es
ofensivo de sobremanera. Porque me amarga la existencia no poder encontrarle a
esta realidad un punto de quiebre preciso. Saber que de las crisis, el
capitalismo puede alimentarse, que del hambre y el odio puede crecer, mutar,
evolucionar. Pero no me mal interpreten. Yo jamás voy a pedir que dejen de
luchar, que dejen de buscar, que dejen de cambiar el mundo. Porque ya lo han
logrado. Porque en cada pibe que sale a cambiar el mundo yo veo la esperanza de
una realidad distinta. No se preocupen por mis delirios teóricos. La praxis
todo lo puede. Esos nobles deseos de mejoría encarnados en el poder calcinante
del actuar, no pueden no llevarnos a un mundo mejor. Hay que hacer, hay que
moverse. Pero hay que pensar. Porque están preparados para aniquilarnos en
cualquier momento. Ya lo hicieron. Y lo harían de nuevo sin dudarlo. Sigamos,
juntos y por siempre. Ya lo dijo ese poeta tan nuestro: “La utopía está en el
horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre
diez pasos más allá. A pesar de que camine, no la alcanzare nunca ¿para qué
sirve la utopía, entonces? Sirve para eso: para caminar.” Ese es nuestro éxito:
caminar. Y vale todas las penas que se cobra todos los días.
Gracias por tanto, perdón por tan,
pero tan poco.-
Por Emiliano Olivares.
Dedicado a Facundo Calderoni. Ejemplo de perseverancia, resistencia y pasión. Fuente inagotable de amistad y orgullo. Para vos son mis palabras, mi amistad y mi soporte incondicional por sobre todas las cosas en estos días grises. Éxito en este nuevo futuro que te espera ansioso. !Cumple sus sueños quien resiste!
Que interesante, me gusto bastante! Pero con respecto al capitalismo y la mano invisible que me quedo picando, hay un perspectiva que cada tanto retomo que es pensar a esa teoría de la mano invisible como algo absoluto, si quien tiene capital en su ambición desmedida va a generar una crisis (el capitalismo esta condenado a la crisis) ¿Que pasaría si no se busca solucionar la crisis interviniendo en le economía y se deja a la mano invisible actuar sola? ahora aclaro que todavía no llego a una respuestas que me sea satisfactoria...
ResponderEliminarEl éxito, la idea del mismo es una construcción y hasta en la peor de las derrotas se puede seguir adelante con la frente bien alta si se cree que el mantenerse firme es tener éxito...
La idea de éxito genera pasiones y esta en todos.. Pero tambi{en es gigantesca porque es algo individual que se lo quiere llevar a algo completamente general y para ello debemos abstraernos al definirla y quizás en esa abstracción la perdamos... P/D: el capitalismo hizo su propia abstracción de esa palabra